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Si tu relación no tiene título, no quiere decir que no sean nada

Si tu relación no tiene título, no quiere decir que no sean nada

No es por nada pero antes todo era más fácil” nos dice Doña Cata sin levantar la mirada de su tejido. Si una salía con alguien y la cosa pintaba bien, ya sabías que ibas a andar de novia, y de ahí, lo que seguía era casarse. Eso de andar a medias es de ahora.

No me queda claro si el comentario de Doña Cata pretende ser un regaño para Isabel, su nieta, a quien le acaban de romper el corazón, pero sentada frente a ellas, los ojos hinchados de mi amiga me hacen pensar que eso es lo que menos le preocupa.

Me siento fatal, ¿pero sabes qué es lo peor? Que ni siquiera sé bien por qué estoy llorando. Se supone que no teníamos nada -él me lo dijo muchas veces-, pero ahora que ya no quiere nada y realmente ya no somos nada, estoy desecha. Pero tampoco éramos nada antes, ¿me explico? Me siento mal de sentirme mal, pero igual me está doliendo.”

La entiendo perfecto. A mí ya me ha tocado estar en situaciones en la que no terminas de saber qué eres para la otra persona o a dónde se supone que va la relación.  Y sí, aparentemente, en otras épocas, definir una relación era mucho más simple (aunque, sin afán de ofender a Doña Cata, las relaciones no eran necesariamente mejores). Hoy en día, una cita puede convertirse en un one night stand, ser el comienzo de una relación de amigos con derechos, volverse una relación más seria (que puede o no ser exclusiva) o ser una mezcla rara de todo lo anterior.  Lo que sí es un hecho es que, la posibilidad de que esta nueva pareja se siente a establecer reglas claras, es bajísima. Lo que viene después es la incertidumbre de no saber a dónde vamos y el miedo de preguntarle a la otra persona qué siente y qué quiere. Para salir de dudas, el único remedio es hablar, y aquí hay cinco puntos que nos pueden animar a plantear la famosa pregunta del ¿qué somos?

Nadie es “nada”. El hecho de que algo no tenga nombre no lo hace invisible. Lo mismo sucede con las cosas que nos da miedo afrontar pero que son inevitables. Es decir, si alguien se embaraza de un bebé que no planeó, ignorar su crecimiento no impedirá que nazca, y una vez que ha nacido, ignorar su existencia no hará que el niño deje de llorar de hambre o frío. Sí, estoy consciente de que el ejemplo suena extremo, pero el punto aquí es que las relaciones humanas se desarrollan y cambian con el tiempo, lo queramos o no. Después de un rato de salir o tener sexo con alguien, el vínculo que formamos con otra persona existe aunque no queramos ponerle nombre al niño.  Incluso para quienes acuerdan no usar etiquetas, es importante entender el peso que tienen las palabras que sí usamos. Decirle a alguien que no es “nada” y, peor aún, aceptar una relación bajo esas condiciones es una forma de invisibilizar no sólo nuestros intereses sino nuestra dignidad.

Ninguna relación te libera del compromiso. Las investigaciones que exploran la percepción de hombres y mujeres con respecto a las relaciones de “amigos con derechos”, han encontrado que la razón por la cual muchas personas buscan este tipo de relaciones es porque perciben que en ellas el compromiso no existe o no tiene la misma prioridad que en una relación más “formal”. La realidad, sin embargo, es que todas las relaciones necesitan acuerdos eróticos y emocionales (cómo nos vamos a proteger, qué pasa si alguien se enamora, qué pasa si nos dejamos de querer, etc.), así como el compromiso que hace cada quien de respetarlos.

Sin reglas no hay juego. Generalmente, el paso más aburrido de un juego es explicarle a todos de qué van la reglas. Ningún juego puede ser divertido sin ellas. Sin embargo, en el tema de las relaciones nuevas, nadie quiere hablar de reglas y arriesgarse a “romper” el misterio y el romance que esperan que surja mientras se están conociendo. Y es que, para ser honestas, muchas personas quisiéramos que las cosas se dieran exactamente como en una película romántica en la que las parejas siempre buscan lo mismo y tienen la misma disposición para lograrlo. En la vida real, sin embargo, las cosas rara vez se dan de manera automática, y asumir que la otra persona quiere lo mismo que nosotros, es arriesgarnos a tener un final decepcionante. 

Es cuestión de modo más que de timing. No hay un momento universalmente ideal para hablar con otra persona sobre nuestras expectativas. Hay quien dice que después de tres meses se puede buscar un primer acercamiento (con eso de que los hábitos se pueden cambiar en 90 días), pero puede ser mucho antes. Contrario a lo que algunos se imaginan, esta plática no tiene que ser un momento solemne y doloroso. “¿Qué te gustaría que fuera esta relación?” puede ser la pregunta que nos lleve a una charla que nos saque de dudas y que la otra persona termine agradeciéndonos. Y ojo aquí: si la otra persona intenta huir cada que sacas el tema, considera su evasión como evidencia de que no comparten el mismo interés.

Cuestiona tus etiquetas y tus intenciones. A veces, nuestra urgencia de tener un nombre para lo que estamos viviendo es más un asunto de querer que las cosas se muevan a un ritmo al que aún no pueden ir.  Si empezamos a salir con alguien, podemos esperar tener una idea de qué busca esa persona, pero no podemos pedirle que defina un título que sólo le podemos dar a alguien a quien ya conocemos. También vale la pena pensar qué queremos con cada persona más allá de las presiones sociales y más allá de la idea de que alguien siempre tiene que recibir un título. Huye de la tentación de querer ser complaciente con todo el mundo y no aceptes etiquetas que no te acaben de convencer (y mucho menos con la esperanza de que la otra persona cambiará de opinión con el tiempo). No te engañes: si alguien te dice que no está listo para tener una relación, créele. 

Finalmente, vale la pena recordarnos que existen tantas formas de vivir en pareja como personas existen en el mundo. Por eso, es importante considerar cada relación por separado, tener claro qué buscamos y descubrir si eso que queremos es compatible con lo que la otra persona espera.  Este proceso necesariamente implica ser realistas y admitir que la comunicación honesta y empática es lo único que hace que la gente se entienda, y cuando una relación del tipo que sea empieza fortaleciendo este vínculo, sus posibilidades de éxito se incrementan muchísimo.